miércoles, 28 de septiembre de 2016

Huellas en el muro (volumen 4 Literautas)


Mi madre debió intuir que la despedida de mi hermano era definitiva. Nunca en sus dieciocho años Rafael se había alejado de casa por un período tan prolongado. Mi padre se negaba a llorar y Rafael, era el único que mantenía la serenidad. Lo vimos tomar el autobús y dejar un vacío que no sabíamos cómo enfrentar.

─Vámonos a casa, Elena ─dijo mi padre y emprendimos el regreso mientras el autobús se confundía en la fatigante luz del alumbrado público.

Esa noche mis padres no durmieron. Cuchicheaban en su dormitorio para no despertarme. Yo no quería dormir. No entendía por qué Rafael debía ir al Granaderos a cumplir el servicio militar. Resignada, al fin, acepté la idea que la arena de Cavancha le haría olvidar el ajetreo de la capital.

Temprano fuimos a despedir a Rafael al parque de concentración. Los muchachos se aprontaban a partir al puerto de Iquique. Elena abrazaba a mi hermano sin resignarse; yo, intentaba conversar con Manota, un pelirrojo amigo de Rafael pero era inútil, su voz la escuchaba lejana como si la timidez de sus palabras se negara a penetrar mis oídos. Su rostro tenía un aire infantil. Ahora, por circunstancias de la vida el destino los unía en las calcinante tierras del norte.

─Chao, Camila ─dijo Manota con voz ahogada. Sus manos gigantes me abrazaron.

─Cuídate ─contesté, y corrí a refugiarme en brazos de mi hermano.

Cuando la caravana de buses enfiló hacia el norte vi llorar a mi padre. Cabizbajo, regresó al museo, mi madre a casa y yo me fui caminando a la academia.

Cuando regresé esa noche el ambiente era el que suponía. Elena afanaba en la cocina y mi padre frente al televisor veía las noticias.

─Nada interesante ─exclamó al verme llegar.

─No las veas, papá ─le dije, y me senté a su lado.

A la hora de la cena conversamos trivialidades, Rafael permanecía en nuestras vidas como si nunca se hubiera ido.

Una tarde llegó carta de Rafael. Nunca imaginé la alegría que produciría en ellos tener noticias de mi hermano. La sobremesa se llenó de anécdotas, recuerdos de Rafael cuando era un niño. Mi hermano nos comunicaba haber descubierto su vocación: la carrera militar era su norte y pronto estaríamos orgullosos de verlo con su uniforme. Besos para Camila y saludos de Manota terminaba diciendo.

Un año después todo cambió. Las cartas se hicieron esporádicas. Los carteros solo dejaban bajo la puerta avisos de cobranza. Papá actuaba como si a su alrededor nada existiera. A veces mi madre lo llevaba a la plazuela y allí, en una ciudad bulliciosa y violenta intentaban sobrellevar la incertidumbre.

Dejé mis estudios y entré a trabajar a una empresa textil. Intentaba alegrar sus vidas pero mi padre se veía cada día más débil. Una tarde, Elena lo encontró sentado frente al televisor: el rostro congestionado y el cuerpo torcido sobre el brazo del sofá. Los médicos dijeron que un infarto había concluido con su vida; yo, desde mi ignorancia, creía que la pena se lo había llevado.

Hacía dos años que no sabíamos nada de Rafael y la muerte de mi padre ahondaba su ausencia. Elena evitaba recordarlos y se refugiaba en mis conflictos.

Un día de septiembre la ciudad amaneció enrarecida. La gente corría desorientada. El flujo de la locomoción colectiva había disminuido. En la textil me cercioré de los acontecimientos: una junta militar había derrocado al gobierno. Las radioemisoras transmitían marchas y bandos militares. El interventor, un viejo luchador de la guerra civil española, descendió de su oficina procurando bajar la tensión

─¡Nada ocurrirá en la empresa! ─exhortó─, es un día normal como cualquier otro. Tal vez ni el mismo creía en sus palabras en esos críticos momentos.

Subí al segundo piso pero fue imposible concentrarme. Pensaba en Elena y me angustiaba saberla sola en el caserón. Mi compañera encendió una radio a pilas y seguimos el curso de los acontecimientos. Yo tenía el corazón encogido.

A mediodía el lejano tableteo de las metralletas anunció lo inevitable. Rato después un camión militar chirrió frente a la entrada de la textil. Alguien, nervioso por la situación, tuvo la ocurrencia de disparar contra el vehículo desde el entretecho del edificio, y fue como si encendiera la mecha de un detonante. El camión arrancó de cuajo el portón de entrada. Por doquier surgían órdenes y contra órdenes. Al silbido de las balas siguió la estampida. Algunos huían por los tejados, otros por los sitios baldíos que rodeaban la empresa.

Sentí unos trancos ascender por la escalera. La puerta de mi oficina golpeó violenta contra el muro al recibir el impacto de un zapatazo. El conscripto, dueño absoluto de nuestras vidas nos conminó a arrodillarnos. Quise decir algo pero mi voz no respondía. Mi compañera hizo un movimiento absurdo y el muchacho asustado gritó fuera de sí:

─¡Terroristas, mi sargento!

─¡Dispara! ─Atronó una voz desde el exterior.

La descarga hizo golpear el cuerpo de mi compañera contra el muro. Daba la impresión que se negaba a morir mientras la sangre escapaba de su pecho. El sargento que había dado la orden entró en ese momento dando grandes zancadas. Al verme levantó la mano.

─¡Yo me encargo de ésta! ─amenazó. El conscripto como si fuera un muñeco articulado desapareció de la oficina.

El hombre tenía las facciones contraídas. Sus ojos parecían inflamados por una luz rojiza; enmudecí. Cogió las solapas de mi chaqueta. Me levantó en vilo y me dejó caer en un rincón. Arrastró el cuerpo sin vida de mi compañera y lo tiró sobre mí, su sangre escurrió tibia por mi rostro. Extrajo luego una pistola del cinto y disparó: dos balas dejaron su huella en el muro.

─¡Mantén los ojos cerrados! ─ordenó.

Dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta de salida. Entonces, venciendo el miedo que me paralizaba, grité:

¿Y mi hermano?

Él giró la cabeza. Sobre su frente caía un mechón rojizo. Nada dijo. Le oí bajar enérgico los escalones y yo me di permiso para llorar…

Talca, junio 2010